En bandeja de plata

Cultura. Política. Ciencia. Con humor. Por Felipe Larrea // Contacto: felipelarrea2@gmail.com

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Mi pequeño cubo de la basura musical

No soy de ojerizas musicales muy acusadas, pero ahora que estoy escuchando a las bandas que tocarán en el Bilbao BBK Live este verano, me estoy quedando ojiplático con la Jon Spencer Blues Explosion. Imagínense a un grupo de borrachos improvisando sin rumbo en un garaje y realizando virguerías de la innovación como mezclar blues con hip hop, cuyo resultado es exactamente tan espeluznante como suena sobre el papel. No supieron ni venderse… lo intentaron con aquel single llamado She Said, y aunque les salió su canción más redonda seguían sin demostrar ningún talento especial. Mejor harían conversando con su abuela en torno a una taza de té, especialmente mientras existan grupos como Reverend Horton Heat o Jim Jones Revue, que alcanzan plenamente ese objetivo no confesado de sonar como Elvis o Jerry Lee Lewis tras una ingesta masiva de cocaína. Por lo visto, con eso de la post-modernidad alguien debió contarles allá por los primeros 90 que es mejor ser amateur que profesional. Tampoco debieron hacer muchos amigos cuando Jon Spencer protagonizó una campaña para Calvin Klein, aunque eso no se lo tendré en cuenta porque me parece perfectamente legítimo, aunque la parroquia rockera no suela ser muy tolerante en este sentido.

Puede que me equivoque y me sorprendan con un gran directo, pero de momento me los imagino cumpliendo el papelón de The Mars Volta el año pasado: una hora de experimentación sin pies ni cabeza, sin tocar ni una sola de sus mejores canciones y con un cantante con cara de perdonavidas y cuidado peinado emo que simulaba estrangularse con el cable del micro. Después de todo hablamos de un grupo que piensa que es mejor autoproducirse que contar con Rick Rubin en el estudio.

Otros logros de los Mars Volta son contar en su catálogo con dos de las portadas más feas de la historia, esta y esta, y titular a sus discos con neologismos tan ingeniosos como Amputechture o Noctourniquet. Pese a todo el primer disco no estaba mal (el que produjo Rubin) aunque su gran aportación a la música es otra: la de demostrar porqué un grupo nunca debe cantar en una lengua no materna. Esta canción se la deberían poner a todos los indies y rockeros patrios que cantan en inglés, para que sepan cómo suenan a oídos de un angloparlante. Y todavía hay quien, así, sin avisar ni nada, los señala como los nuevos Pink Floyd y Led Zeppelin.

Después de ver en directo a estos personajes y a otros iluminados de la creación artística como Bob Dylan, sinceramente me pregunto porqué los promotores de conciertos no exigen por contrato que se toquen determinados temas. Y si no que se vuelvan a casa sin cobrar. Si pago por ver a Dylan es para escuchar las canciones que le han convertido en quien es, no para ver a un anciano con cara de pocos amigos tocando lo que le sale del banjo. Lo lamentable de todo esto es que acabo de redactar involuntariamente una guía de buenas prácticas para conseguir el respeto de la crítica especializada y los oyentes más entendidos.